jueves, 1 de septiembre de 2016

Resumen de la semana y eso que no llegó el viernes.

Voy a empezar por el principio, porque así acontece filosóficamente desde la primera hora y también porque Heidegger supo preguntarse ¿por qué es en general el ente y no más bien la nada? Y a mí me pareció bien la pregunta por la cosa.
So, arranqué con tos, hace ya unos veinte días. Primero esperé que se fuera sola, porque todos sabemos que siempre que llovió paró y así con todo. Pero no. Seguí tosiendo y tosiendo. Lo que hice a continuación es algo que no se debe hacer y me automediqué porque no es la primera tos de mi vida y lo único que hice fue recordar las administraciones medicamentosas anteriores. Et voilà. Nada. Al día siguiente de que operaran a mi amiga Emilce, eso fue el 9 de agosto, lo recuerdo bien porque es el cumple de Marcela y de Manuel, fui a visitarla al IADT y antes de irme pasé por la guardia. Antibiótico —una semana— y jarabe —hasta terminar el frasco. Nada. Tons, me dije en función de los indicios: además es alérgica. Fui a ver a mi farmacéutico amigo y le pedí "benadryl antialérgico jarabe para la tos, o en su defecto un similar". Me dieron unas pastillitas. No me hicieron un carajo. Así fueron pasando los días y aumentando las toses.
Este lunes, rendida ante la evidencia —la subida de Lacroze, de Virrey del Pino, de Zabala ,que generalmente es mortal, cualquier condenada subida de estas me dejaba al borde del pulmotor— decidí volver a una guardia. Me fui con otro antibiótico y un mucolitico y un "vení  a verme el jueves a las 16, hay que controlar esto para que no se convierta en otra cosa".
El martes me dolía la cabeza. Ustedes saben y los que no, sepan, tengo migraña crónica. La pastillita que me dio la neuróloga no funcionó. La indicación es que si a la hora y media no se fue, tome otra. Tomé otra. La que hace milagros. Esta vez no hizo milagros. La cosa es que estuve con náuseas y la cabeza que me estallaba todo el maldito martes. El miércoles jamás escuché la alarma y Zoe faltó al cole. Me desperté casi casi como nueva. Y eso que fue un sueño bastante interrumpido por la tos.
A todo esto, Zoe estaba bien sonrojada porque el martes el cole participó en un torneo de hockey y ella jugaba. Bonita.
Jueves. Me confundo de fecha y salgo con gabriel rumbo a Ineba a ver al neurólogo para empezar un tratamiento preventivo por la maldita migraña crónica. La epifanía me agarró a la altura de Palermo y le dije, "es mañana". Pobre pibe, se vino del campo porque yo estoy para ser devuelta a mi lugar de origen y alguien se tiene que hacer cargo de la petisa, sin dormir, cansado y aún así me acompaña a ver al "dotor", para nada. Volvemos a casa. Nos quedamos dormidos. Me despierto para ir a la clínica. Me agarra violento violento acceso de tos. Me cago en la leche, como dice mi amiga Vic. LLego a la clínica. Análisis de sangre y tomografía.
—¿Ahora?
—Sí, ahora.
Mil horas después, salgo con mi marido del brazo, más antibióticos, un corticoide, más mucolíticos y "tenés un nódulo en el pulmón derecho".
—Porque vos fumás.
—No, no fumo.
—Pero tenés pulmones de fumadora.
—Sí porque fumaba, pero hace seis años, casi siete que dejé.
—Ah! Porque yo veo pulmones de fumadora. Bueno tenés un nódulo y te lo tenés que vigilar.
Estoy a punto de invertir en tecnología de punta para ver si me consigo un ojo interior. Eso, o empezar a manejarme mejor con los chacras.
A todo esto, Gabriel me dice que a Zoe le pegaron con el palo de hockey el dedito y le duele mucho. Llegamos a casa y le pregunto si la teníamos que llevar a alguna guardia.
—Creo que sí porque me duele mucho. —Cara de culo, mirada "la culpa es de los padres".
Tomamos un té y allí partimos. En la esquina de casa esperamos un taxi. Gabriel bien en la esquina del virrey, yo más en la avenida, Z en el medio mirando al piso. Los dos vemos el taxi al mismo tiempo y le hacemos señas. El señor me pasa de largo y para en la esquina, al trotecito llego, abro la puerta, me subo, sube Z, sube Bey. El señor estaba descompuesto del odio. Llegamos a destino.
—Buenas noches —dice Gabriel.
—Buenas noches.
—Hasta luego —le dice Zoe.
—Hasta luego querida, que la pases bien.
—Buenas noches —digo yo.
Fui ignorada exitosamente. Gabriel opina que el señor esperaba una lucha épica por el taxi y cuando no sucedió y subimos los tres, algo en la psicología del señor se alteró irremediablemente. Encima yo le quise pagar con un billete de cien. Ni me contestó. Así que Bey le pagó con cincuenta y el señor, santas pascuas. Qué lo parió.

Ya en el lugar al que llevábamos a nuestra hija lesionada, padre e hija se sientan y yo voy hacia la recepción con el carnet, el documento y demás. La mala hostia de esa mujer que me atendió, me dejó anonadada. En fin.
La atienden. Divino el médico. Gabriel se queda afuera pero escucha el comentario del médico y decide entrar. Antes del hola, el traumatólogo pregunta si somos parientes de un médico de apellido Narbaitz.
—Sí, es el tío de Zoe. Vive en Estados Unidos.
—No puede ser, es más chico que yo. —Casi me vi en la obligación de comentarle que a la tierna edad de trece Z tiene ocho sobrinos, uno creciendo en la panza de la hermana y otra de once años. No pude porque entró Gabriel a aclarar los tantos. Efectivamente, Juan Martín es el primo de Zoe y del resto de sus hermanos, como es obvio. Hecha la nota genealógica, vamos al diagnóstico. Pequeña fractura de la primera falange del dedo anular de la mano derecha. Férula, quince días sin agarrar ni mirar el palo de hockey ni nada que le conmocione la mano. Salió chocha de la vida. Mañana va a alardear de dedo quebrado. Cuando tuvo que usar una walker, quiso salir a farolear con la bota. Crece pero sigue conservando a su niña. Así que ahí anda, feliz con su dedo fracturado.
Mañana, neurólogo. Nunca deseé tanto que llegara el sábado.