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Los amantes no deberían separarse

Ayer murió una mujer extraordinaria. Y con ella todos sus roles. Ya no más amante, madre, abuela, amiga, hermana. Ya no más. Hoy, todos en su universo tendrán que comenzar a darse cuenta que no está. Que es ausencia aunque todavía habite, ferozmente, cada espacio, en cada lugar, en cada alma y se quede allí en transparente esencia.
Hoy, mi marido y yo, fuimos testigos silenciosos del dolor y el asombro que provocó su muerte. Y sentí en los huesos el desconcierto del hombre que perdió a su mujer. Esa mirada extrañada, como intentando descifrar un gran misterio. Un misterio idiota, un misterio innecesario. Un misterio que, una vez develado, sólo deja un fantasma. El dolor de los hombres siempre me desconsuela mucho más, infinitamente más que el de las mujeres. Y el de los hombres que han amado a su compañera, tan evidente en su transparencia, tan profundo en su perplejidad me recordaron unos versos de Cátulo:

Vivamos, Lesbia mía, y amémonos.
Que los rumores de los viejos severos
no nos importen.
El sol puede salir y ponerse:
nosotros, cuando acabe nuestra breve luz,
dormiremos una noche eterna.
Dame mil besos, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
perderemos la cuenta, no la sabremos nosotros
ni el envidioso, y así no podrá maldecirnos
al saber el total de nuestros besos.

Brindo por los besos dados y los que nacen en la amorosa complacencia de los espíritus vagabundos que se encuentran en el camino y desafían miedos y rutinas y son distintos una y otra vez. Brindo por los labios que se unen y por los que se reencontrarán en la noche de los ángeles.

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