sábado, 18 de abril de 2015

Esas personas

Hay gente que viene y te cuenta lo que le pasa. Pero te lo cuenta sin intención de que intervengas en lo más mínimo. Te suelta una catarata de desgracias, inquietudes y tonteras de distinta índole y gravedad con el expreso propósito de que asientas vigorosamente, que le des la razón y tal vez, arrimes algún plan de venganza o al menos la manera de irritar o "dejar en su lugar" al supuesto ofensor. Lo que no quieren seguro es encontrar una solución que conduzca a una situación "todos ganan".
No recurren a vos para que escuches* y en lo posible aportes otra perspectiva de la cosa (no un consejo), no te cuentan el contexto, no intentan desgranar sus emociones, y, fundalmente, no se escuchan mientras te cuentan. Porque si lo hicieran, poco a poco, sobrevendría la calma y con ella una incipiente comprensión de sus propias motivaciones y acciones e incluso el nacimiento de empatía, esa capacidad de salirte de tu propio mundo y atisbar por un instante el mundo del otro, desde sus propios ojos. Y todo eso sin que vos, paciente receptáculo de agrias palabras y agitados monólogos, hayas dicho ni pío.
Suele suceder, que luego del cansancio que produce esa airada perorata, se te quedan mirando esperando lo que mencionamos al principio. Y te das cuenta que, depende de lo que hagas, esa puede ser una situación en la que todos pierden. Sugiero un sentido silencio y una maniobra de evasión, generalmente una mirada rápida al reloj, un levantarse de la silla, un cálido saludo y un "nos vemos" sin fecha.
Puede que cuando salgas tengas que secarte la transpiración que te mojó la nuca. Y que la lengua se relaje en la boca. Sea la que sea tu manera de abandonar el lugar, el mensaje fue:


* Escuchar en el sentido de prestar profunda atención, incluso más allá de lo dicho, para encontrar el camino al bienestar.

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