viernes, 21 de noviembre de 2014

Volar volar

    Leía recíen en el diario que tuvieron que darle, a la brillantemente gestionada Aerolíneas Argentinas, 955 millones de pesos más. Y me acordé de todas las cosas que me pasaron con los aviones entre junio y y julio de este año.
    A ver, en todas las empresas pasan cosas, KLM, por ejemplo, me perdió el equipaje en Amsterdam. Llegué a Praga con lo que tenía puesto, ni una bombacha de repuesto, nada de nada. Hacía frío y llovía. Yo estaba resfriada y los oídos estropeadísimos, por lo tanto no escuchaba un pomo. El trámite para recuperar el equipaje me dejó al borde las lágrimas de frustración. Al día siguiente a la noche mi equipaje me esperaba en el hotel gracias a la gestion de de uno de los chicos del Constans (by the way, si van a Praga se los recomiendo, está en Malá Strana, la Ciudad Pequeña).
Otra de KLM. Me subo al avión en Ginebra, volvía a Amsterdam y de ahí a Barcelona. Iba absorta en la lectura -un libro de Sándor Márai por si les interesa-, pero de repente presto atención porque me pareció escuchar que el piloto decía que los que estábamos en tránsito hacia Barcelona teníamos que bajar pitando e ir a la puerta C13 porque llegábamos con atraso y el avión no nos esperaba. Viene la azafata, junta a los cinco cuyo destino era Barcelona y nos sienta juntitos adelante y nos dice que vayamos a un bus que nos estaba esperando. Con una mano en el corazón, si te dicen eso ¿vos que creés? que ese bus te lleva directo o al menos lo más cerca posible a la puerta de embarque de tu avión. No. Los cinco que estábamos juntitos como nenes de salita de dos subimos primero, eso sí. Pero después tuvimos que esperar que todos los demás se subieran al bus y eran un montón. Bajamos. Miro la hora en el iPod, tenía tres minutos para llegar a la puta puerta. Y el aeropuerto de Amsterdam es enorme. El avión se fue en mis narices. Cuando llego a la puerta, extenuada y transpirada, el avión estaba carreteando buscando su pista. Me quería matar. Y me quería matar porque otra vez no sabía dónde estaba el maldito equipaje. ¿Lograron subirlo al avión que partió? o como yo, ¿se quedó varado en la holandesa ciudad a la espera de que consiguiéramos un nuevo vuelo?
    Me voy al escritorio de la empresa y les pregunto si estaban ensañados conmigo. La mina me mira medio con cara de orto y me pregunta por qué. Le digo que ya me habían perdido el equipaje hacía diez días y hoy me dejan sin vuelo. La mina no estaba para ironías y la insolencia casi me cuesta cara porque cuando quiero que me indique a qué hora sale el siguiente avión a BCN, me contesta "mañana". Estoy segura que le vi el rictus de malvada satisfacción en la comisura de la boca y ahí, en los ojitos. Cambié de estrategia. Estaba cansada, me quería bañar y volver a un lugar rodeada de gente que hablara mi idioma aunque eso no garantizara que nos entendiéramos. Puse cara de gato de Shrek y le expliqué que mi hijita estaba llegando de Buenos Aires a Barcelona y yo tenía que estar para recibirla. Bueh, conclusión, llegué a mi querida ciudad mediterránea a las 11de la noche. A las once y media me fui de tapas y volví al hotel hecha un trapo. De mi hija ni noticias, gracias a Dios, si las hubiera tenido hubiera sido preocupante, porque estaba cómodamente instalada con su padre, mi marido, en Buenos Aires.

Y ahora volvamos a Aerolíneas Argentinas, la aerolínea que nunca debió haber sido privatizada, en principio. Después del circo que hicieron cuando le expropiaron la empresa a los gallegos y a la que convirtieron en gesta heroica, en el summun de la soberanía, casi en una refundación republicana, uno que  esperaba, ¿eh? Buena gestión al menos, porque transparencia nunca.
Emprendo el retorno a mi país con la alegría de los españoles porque perdió Argentina resonando en mi cabeza en un taxi que me llevaba a El Prat. Un divino el taxista, hablamos de todo, incluso me consoló por el fracaso o triunfo a medias, como quieran, a mí me da igual.
Me bajo, le pago. Le doy la propina y arrastrando mis valijas voy a despachar mi equipaje. Mientras hacía la cola, decido que mejor las envolvía. Me dirijo al sector de mentas. Un muchacho de esos que quitan el aliento me dice que me mejor pesa primero las valijas. Un kilo de exceso de equipaje. "No importa", le dije.
"No te la van a subir", me contesta. "Pero si pago el exceso cómo no me la van a subir", insisto. "Cambiaron las reglas", me dice.
    Voy al desk, le pregunté al chabón de AA que me dice que no suben las valijas con exceso de peso y que además el límite de peso de X bajó a Y con lo cual  el exceso de un kilo ahora era de dos. Me cago en la concha de la lora. "¿Y ahora qué hago?" dije más para mí que para nadie en particular. Y el argento boludo me dijo "comprate otra valija". Si las miradas fulminaran, ese tipo se hubiera convertido en bosta seca.
    De repente veo que éramos varios los que estábamos con la valija abierta haciendo magia con bolsas y bolsitos. Finalmente, logré poner todo en orden, volví a pesar la valija, el carry-on, bolsos y bolsitos y me fui a la puerta de embarque. Dicho sea de paso, el exceso de equipaje me costó 60 euros.
    Me busqué un lugar para esperar cerca de la puerta. Anunciaron el embarque. La gente en estas situaciones se pone muy pelotuda, nosotros, los argentos, el resto mira confundida. Todos los argentos apelotonados en la puerta, casi encima de los empleados, incluso los que tienen prioridad para subir -los que van en primera, los que necesitan asistencia y las familias con chicos chicos. Si esto hubiera sido Buenos Aires y la calle, ya hubieran empezado los bocinazos y las puteadas. De golpe, avisaron que el vuelo estaba demorado porque el avión todavía no había llegado. Yo me asomé y vi el avión. Estaba ahí desde que llegué casi una hora antes. Ok, volví a sentarme, saqué el celu, puse a Gabriel en autos. Me levanté, busqué una cafetería, me tomé un café. Compré la última huevada. Fui al baño, hice pis. Volcí, me asomé, el mismo avión, en el mismo lugar.
     En eso nos dicen que el avión que siempre estuvo ahí, había llegado. Perfecto, cuanto me toca muestro todo lo que había que mostrar y camino hacia el avión. Busco mi asiento. Intento guardar mi carry-on, todos intentan hacer lo mismo: empiezan las puteadas. Un señor bajito pero voluntarioso se hace cargo del asunto y acomoda todo, saca de un lado pone en el otro, avisa a todo el mundo esto te lo puse acá, esto otro allá. Listo. Todos conformes. Me siento. La butaca estaba floja. Escucho murmullos, alguien se levanta y busca a la azafata y le comenta que su butaca estaba floja. Hileras enteras de butacas flojas. Bandejas que cuando las bajás quedan torcidas y mal inclinadas. Olor feo. Alguien quiere ir a mear. No lo dejan usar el baño de business. Primera noticia, nunca me prohibieron usar cualquier baño disponible en el avíon de UA, ponéle, por decirte una línea aérea en la que viajé alguna vez.
    Alzamos vuelo. El cartel de sacarse los cinturones no se apagaba nunca. Lo apagan. Me estaba haciendo pis y voy al baño. Cola de los dos lados de la fila, de la dirección que llevaba yo del ala para atrás y de la cola del avión para adelante. Dos baños enfrentados. Uno ocupado. El otro... El otro baño tenía la puerta salida de sus goznes si es que tienen goznes las puertas de los baños de los aviones. Un pasajero tratando de montarla en su lugar. Abandona el intento. Aparece un señor con cara de vegija con ganas de evacuarse y pregunta:
—¿Por qué nadie usa ese baño?
—Porque está rota la puerta —le contesto y me doy vuelta y sigo hablando con alguien atrás mío.

   Vuelvo a prestar atención a lo que sucedía adelante y veo al señor que muy orondo entró al baño sin puerta, peló la chaucha y se puso a mear adelante de los allí presentes. En eso viene la azafata con un destornillador en la mano. A ver, nos encontrábamos a siete mil metros de altura y aparece una mina revoleando un objeto punzante entre medio de un grupete apiñado que se está meandoy/ocagando, vaya Dios a saber. Porque lo revoleaba. El tipo se va. Antes de que ella llegue, pero se dio cuenta. Entonces, cual si de una vendedora ambulante se tratara, grita con toda la fuerza de sus pulmones, "qué bien el pasajero, meando adelante de todo el mundo".
    Es verdad, el pasajero no tendría que habersa cagado en las reglas de cortesía y sana convivencia porque imaginate si a todo el mundo se le da por seguir su ejemplo. No hubiéramos vuelto con ébola pero con una gastroenteritis, quién te dice. Pero, volviendo al punto, ella no tenía que gritar como una loca mientras seguía revoleando el puto destornillador. No tendría que haberlo tenido siquiera porque es inadmisible viajar 13 horas con un baño fuera de servicio y con el acceso prohibido a otros dos. Después de ese incidente volvieron a prender la luz que indica que teníamos que permanecer con los cinturones puestos mientras nos decían que nos esperaba un viaje lleno de turbulencias. Nos querían sentados para que no rompiéramos las pelotas. Las únicas turbulencias fueron las producidas por un grupete de españoles y austríacos que venían a esquiar a nuestro país y que volvieron loco al señor que organizó el equipaje de los que nos hallábamos a su alrededor.
    Ahora, los Aerolíneas Argentinas jamás me pidieron disculpas por viajar así, parece que es normal, que está bien o está mal pero qué le vas a hacer.
    El día que me reencontré con mi equipaje en Praga, éste venía con una nota de disculpas y un voucher de descuento para que tomara un café en el aeropuerto. Y por haber perdido el avión me dieron un voucher con un  25% de descuento en el próximo vuelo de cabotaje que hiciera. AA ni siquiera me agradeció por bancarme un vuelo en esas condiciones. Porque te cagaban a pedos si te levantabas. ¿Sabías que en un vuelo largo no podés quedarte sentado todo el tiempo? Se pueden producir trombos...
   
    Así llegamos a Buenos Aires, en medio de butacas movedizas, películas sin audio, baños clausurados y otros inaccesibles, reglas de peso de equipaje cambiadas, azafatas vociferadoras, pasajeros de chaucha veloz, y a mí, que me gusta volar, me di cuenta de eso que quiero seguir volando, en bandada libre, en un cielo sin mentiras, sin hipocrecías, sin dobles discursos, sin relatos, sin cadenas, sin caricaturas, sin simulacros, porque eso es lo que este gobierno es, un simulacro. Una copia y encima falsa.


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