martes, 25 de noviembre de 2014

Boyhood

Manu tenía razón. Manu es el hermano de Z, mi niña.

— A vos no te va a gustar —le dice al padre.
— ¿Por qué no?
— Naaaah, vos sos más de tiros. Y con eso dio por zanjada la cuestión en relación al padre.
— Pero a vos sí, mirala.

Y la vimos. Con Z.  Termina la película y ella se quedó con esa sensación de "quiero más, adónde está lo que falta contar".

Pero no se puede seguir contando porque Boyhood es eso, una película acerca de crecer. Acerca de esas cosas mínimas y no tanto que nos pasan todo el tiempo. Es la vida sin grandilocuencia. Sin la épica hollywoodense. O sin lo que Hollywood y algunos espectadores creen que es la vida.
Esos abonados a todo tipo de series y películas o algunos libros que -a veces, no siempre-, tienden a creer que la ficción es una copia fiel de la realidad. Que en las vidas de las personas pasan todo el tiempo o casi eventos que nos ponen a la altura del héroe. O bien son tan trágicos que nos sentimos sobrevivientes emocionales.
Pues es hora de que lo asumamos, la vida no es tan grandilocuente como en las películas. Todos llevamos nuestras mochilas llenas de sueños rotos y esperanzas vacías. De alegrías totales y otras incompletas. De felicidades truncadas y de la sospecha de que la felicidad es un camino. Todos crecemos y crecer es más o menos doloroso de acuerdo a los recursos que supimos construir y que serán tanto más creativos, honestos y sanos como lo que nuestros padres nos hayan podido transmitir de acuerdo a su conocimiento, presencia y constancia. Y el amor se cuela por cada intersticio de ese crecimiento. De manera evidente o no. Pero se cuela.
Y en ese sentido, todos y cada uno de nosotros somos sobrevientes emocionales. Somos los hérores de nuestra propia historia. Porque hemos sido también el villano. Porque lo estamos siendo y no entendemos qué nos pasa. Porque a los cinco minutos la maldad, la crueldad, la desidia se topa de frente con un propio cuestionamiento que nos hace temblar y preguntarnos ¿quién soy? ¿adónde voy? ¿qué quiero? Son preguntas que se repiten todo el tiempo a lo largo de nuestra vida. Cuando somos adolescentes son centrales y desatan la angustia y la ira. El dolor siempre busca una salida y esa salida casi siempre estalla en el lugar y momento menos oportuno.
Pero muchos adultos tenemos esas preguntas guardadas en una caja cerrada con mil candados. Por eso Boyhood termina en el momento en que termina. Porque seguimos creciendo.
Y en todo caso, volviendo a eso de la cosa épica, me quedo con algo que dijo Auggie, el personaje principal de "La lección de August":


lunes, 24 de noviembre de 2014

Perdidas en un universo de tinta y papel


Entre los que le compro y los que se compra con sus ahorros, mi hija ya tiene derecho a una biblioteca. Y como buena casi adolescente que es la quiere ayer. Y yo, como madre manipulable que soy, le di una de las mías. Saqué  mis libros de ella, los desparramé por ahí y la llevé a su dormitorio donde entra más que bien, pero de los cinco estantes llenó cuatro.
— ¿Me puedo llevar los libros de Harry Potter? — me pregunta a la pasada y como quien no quiere la cosa y yo sentí que me corría un frío por la espalda, una sensación del tipo "me quieren robar a mis bebés".
— ¡No! Son míos. —Y me sentí tan Golum. 

viernes, 21 de noviembre de 2014

Volar volar

    Leía recíen en el diario que tuvieron que darle, a la brillantemente gestionada Aerolíneas Argentinas, 955 millones de pesos más. Y me acordé de todas las cosas que me pasaron con los aviones entre junio y y julio de este año.
    A ver, en todas las empresas pasan cosas, KLM, por ejemplo, me perdió el equipaje en Amsterdam. Llegué a Praga con lo que tenía puesto, ni una bombacha de repuesto, nada de nada. Hacía frío y llovía. Yo estaba resfriada y los oídos estropeadísimos, por lo tanto no escuchaba un pomo. El trámite para recuperar el equipaje me dejó al borde las lágrimas de frustración. Al día siguiente a la noche mi equipaje me esperaba en el hotel gracias a la gestion de de uno de los chicos del Constans (by the way, si van a Praga se los recomiendo, está en Malá Strana, la Ciudad Pequeña).
Otra de KLM. Me subo al avión en Ginebra, volvía a Amsterdam y de ahí a Barcelona. Iba absorta en la lectura -un libro de Sándor Márai por si les interesa-, pero de repente presto atención porque me pareció escuchar que el piloto decía que los que estábamos en tránsito hacia Barcelona teníamos que bajar pitando e ir a la puerta C13 porque llegábamos con atraso y el avión no nos esperaba. Viene la azafata, junta a los cinco cuyo destino era Barcelona y nos sienta juntitos adelante y nos dice que vayamos a un bus que nos estaba esperando. Con una mano en el corazón, si te dicen eso ¿vos que creés? que ese bus te lleva directo o al menos lo más cerca posible a la puerta de embarque de tu avión. No. Los cinco que estábamos juntitos como nenes de salita de dos subimos primero, eso sí. Pero después tuvimos que esperar que todos los demás se subieran al bus y eran un montón. Bajamos. Miro la hora en el iPod, tenía tres minutos para llegar a la puta puerta. Y el aeropuerto de Amsterdam es enorme. El avión se fue en mis narices. Cuando llego a la puerta, extenuada y transpirada, el avión estaba carreteando buscando su pista. Me quería matar. Y me quería matar porque otra vez no sabía dónde estaba el maldito equipaje. ¿Lograron subirlo al avión que partió? o como yo, ¿se quedó varado en la holandesa ciudad a la espera de que consiguiéramos un nuevo vuelo?
    Me voy al escritorio de la empresa y les pregunto si estaban ensañados conmigo. La mina me mira medio con cara de orto y me pregunta por qué. Le digo que ya me habían perdido el equipaje hacía diez días y hoy me dejan sin vuelo. La mina no estaba para ironías y la insolencia casi me cuesta cara porque cuando quiero que me indique a qué hora sale el siguiente avión a BCN, me contesta "mañana". Estoy segura que le vi el rictus de malvada satisfacción en la comisura de la boca y ahí, en los ojitos. Cambié de estrategia. Estaba cansada, me quería bañar y volver a un lugar rodeada de gente que hablara mi idioma aunque eso no garantizara que nos entendiéramos. Puse cara de gato de Shrek y le expliqué que mi hijita estaba llegando de Buenos Aires a Barcelona y yo tenía que estar para recibirla. Bueh, conclusión, llegué a mi querida ciudad mediterránea a las 11de la noche. A las once y media me fui de tapas y volví al hotel hecha un trapo. De mi hija ni noticias, gracias a Dios, si las hubiera tenido hubiera sido preocupante, porque estaba cómodamente instalada con su padre, mi marido, en Buenos Aires.

Y ahora volvamos a Aerolíneas Argentinas, la aerolínea que nunca debió haber sido privatizada, en principio. Después del circo que hicieron cuando le expropiaron la empresa a los gallegos y a la que convirtieron en gesta heroica, en el summun de la soberanía, casi en una refundación republicana, uno que  esperaba, ¿eh? Buena gestión al menos, porque transparencia nunca.
Emprendo el retorno a mi país con la alegría de los españoles porque perdió Argentina resonando en mi cabeza en un taxi que me llevaba a El Prat. Un divino el taxista, hablamos de todo, incluso me consoló por el fracaso o triunfo a medias, como quieran, a mí me da igual.
Me bajo, le pago. Le doy la propina y arrastrando mis valijas voy a despachar mi equipaje. Mientras hacía la cola, decido que mejor las envolvía. Me dirijo al sector de mentas. Un muchacho de esos que quitan el aliento me dice que me mejor pesa primero las valijas. Un kilo de exceso de equipaje. "No importa", le dije.
"No te la van a subir", me contesta. "Pero si pago el exceso cómo no me la van a subir", insisto. "Cambiaron las reglas", me dice.
    Voy al desk, le pregunté al chabón de AA que me dice que no suben las valijas con exceso de peso y que además el límite de peso de X bajó a Y con lo cual  el exceso de un kilo ahora era de dos. Me cago en la concha de la lora. "¿Y ahora qué hago?" dije más para mí que para nadie en particular. Y el argento boludo me dijo "comprate otra valija". Si las miradas fulminaran, ese tipo se hubiera convertido en bosta seca.
    De repente veo que éramos varios los que estábamos con la valija abierta haciendo magia con bolsas y bolsitos. Finalmente, logré poner todo en orden, volví a pesar la valija, el carry-on, bolsos y bolsitos y me fui a la puerta de embarque. Dicho sea de paso, el exceso de equipaje me costó 60 euros.
    Me busqué un lugar para esperar cerca de la puerta. Anunciaron el embarque. La gente en estas situaciones se pone muy pelotuda, nosotros, los argentos, el resto mira confundida. Todos los argentos apelotonados en la puerta, casi encima de los empleados, incluso los que tienen prioridad para subir -los que van en primera, los que necesitan asistencia y las familias con chicos chicos. Si esto hubiera sido Buenos Aires y la calle, ya hubieran empezado los bocinazos y las puteadas. De golpe, avisaron que el vuelo estaba demorado porque el avión todavía no había llegado. Yo me asomé y vi el avión. Estaba ahí desde que llegué casi una hora antes. Ok, volví a sentarme, saqué el celu, puse a Gabriel en autos. Me levanté, busqué una cafetería, me tomé un café. Compré la última huevada. Fui al baño, hice pis. Volcí, me asomé, el mismo avión, en el mismo lugar.
     En eso nos dicen que el avión que siempre estuvo ahí, había llegado. Perfecto, cuanto me toca muestro todo lo que había que mostrar y camino hacia el avión. Busco mi asiento. Intento guardar mi carry-on, todos intentan hacer lo mismo: empiezan las puteadas. Un señor bajito pero voluntarioso se hace cargo del asunto y acomoda todo, saca de un lado pone en el otro, avisa a todo el mundo esto te lo puse acá, esto otro allá. Listo. Todos conformes. Me siento. La butaca estaba floja. Escucho murmullos, alguien se levanta y busca a la azafata y le comenta que su butaca estaba floja. Hileras enteras de butacas flojas. Bandejas que cuando las bajás quedan torcidas y mal inclinadas. Olor feo. Alguien quiere ir a mear. No lo dejan usar el baño de business. Primera noticia, nunca me prohibieron usar cualquier baño disponible en el avíon de UA, ponéle, por decirte una línea aérea en la que viajé alguna vez.
    Alzamos vuelo. El cartel de sacarse los cinturones no se apagaba nunca. Lo apagan. Me estaba haciendo pis y voy al baño. Cola de los dos lados de la fila, de la dirección que llevaba yo del ala para atrás y de la cola del avión para adelante. Dos baños enfrentados. Uno ocupado. El otro... El otro baño tenía la puerta salida de sus goznes si es que tienen goznes las puertas de los baños de los aviones. Un pasajero tratando de montarla en su lugar. Abandona el intento. Aparece un señor con cara de vegija con ganas de evacuarse y pregunta:
—¿Por qué nadie usa ese baño?
—Porque está rota la puerta —le contesto y me doy vuelta y sigo hablando con alguien atrás mío.

   Vuelvo a prestar atención a lo que sucedía adelante y veo al señor que muy orondo entró al baño sin puerta, peló la chaucha y se puso a mear adelante de los allí presentes. En eso viene la azafata con un destornillador en la mano. A ver, nos encontrábamos a siete mil metros de altura y aparece una mina revoleando un objeto punzante entre medio de un grupete apiñado que se está meandoy/ocagando, vaya Dios a saber. Porque lo revoleaba. El tipo se va. Antes de que ella llegue, pero se dio cuenta. Entonces, cual si de una vendedora ambulante se tratara, grita con toda la fuerza de sus pulmones, "qué bien el pasajero, meando adelante de todo el mundo".
    Es verdad, el pasajero no tendría que habersa cagado en las reglas de cortesía y sana convivencia porque imaginate si a todo el mundo se le da por seguir su ejemplo. No hubiéramos vuelto con ébola pero con una gastroenteritis, quién te dice. Pero, volviendo al punto, ella no tenía que gritar como una loca mientras seguía revoleando el puto destornillador. No tendría que haberlo tenido siquiera porque es inadmisible viajar 13 horas con un baño fuera de servicio y con el acceso prohibido a otros dos. Después de ese incidente volvieron a prender la luz que indica que teníamos que permanecer con los cinturones puestos mientras nos decían que nos esperaba un viaje lleno de turbulencias. Nos querían sentados para que no rompiéramos las pelotas. Las únicas turbulencias fueron las producidas por un grupete de españoles y austríacos que venían a esquiar a nuestro país y que volvieron loco al señor que organizó el equipaje de los que nos hallábamos a su alrededor.
    Ahora, los Aerolíneas Argentinas jamás me pidieron disculpas por viajar así, parece que es normal, que está bien o está mal pero qué le vas a hacer.
    El día que me reencontré con mi equipaje en Praga, éste venía con una nota de disculpas y un voucher de descuento para que tomara un café en el aeropuerto. Y por haber perdido el avión me dieron un voucher con un  25% de descuento en el próximo vuelo de cabotaje que hiciera. AA ni siquiera me agradeció por bancarme un vuelo en esas condiciones. Porque te cagaban a pedos si te levantabas. ¿Sabías que en un vuelo largo no podés quedarte sentado todo el tiempo? Se pueden producir trombos...
   
    Así llegamos a Buenos Aires, en medio de butacas movedizas, películas sin audio, baños clausurados y otros inaccesibles, reglas de peso de equipaje cambiadas, azafatas vociferadoras, pasajeros de chaucha veloz, y a mí, que me gusta volar, me di cuenta de eso que quiero seguir volando, en bandada libre, en un cielo sin mentiras, sin hipocrecías, sin dobles discursos, sin relatos, sin cadenas, sin caricaturas, sin simulacros, porque eso es lo que este gobierno es, un simulacro. Una copia y encima falsa.


sábado, 15 de noviembre de 2014

De como seis meses de vida volvieron a ser "naaaaaaahhhhh, tá todo bien".





Los que me siguen en Facebook no han tenido otro remedio que leer acerca de mis migrañas. Ese de ahí arriba fue (e intenta seguir siendo), mi cerebro. En realidad, mi cerebro después de 20 días seguidos de dolor de cabeza. Ahora, mientras escribo esto, me duele.
La cosa es que la semana pasada fui a ver a un neurólogo que me dio tarea para el hogar, me dio la orden para una resonancia de cerebro con y sin gadolinio y me prescribió un antidepresivo que suscitó el siguiente monólogo:

ACÁ NO VA A IR NINGÚN MONÓLOGO SIMPLEMENTE ESCUCHARÁN MI DULCE VOZ RELATANDO LOS HECHOS, TAL Y COMO ME PARECEN.
La edición del audio y su conversión a video es gentileza de la Chiru.

DEMÁS ESTÁ DECIR QUE A MI MARIDO LE TUVIMOS QUE ASEGURAR ENTRE VARIOS QUE YA ESTOY MEJOR Y QUE NO TENGO NADA QUE ENSEÑARLE COMO PAPÁ, PORQUE ESE VÍNCULO QUE TIENE CON ZOE ME CAUSA PROFUNDA ENVIDIA. TOMÁ, IN YOUR FACE.
 Y OTRA COSA, AGRADEZCO PROFUNDAMENTE HABERME CRUZADO EN LA VIDA CON Nati García, QUE ESTÁ ATRAVESANDO UNA TREMENDA SITUACIÓN Y ELLA Y SU MARIDO, ME DIERON TODAS SUS MANOS.
 Y A VOS AMIGA DE MI ALMA, HERMANA ELEGIDA, Veronica Gutierrez de Leon y tu Litoqui, QUÉ DECIRTE QUE NO SEPAS, TE AMO CON EL ALMA.

video

domingo, 19 de octubre de 2014

La plegaria de una madre por su hija, por Tina Fey


Primero, Dios: Nada de tatuajes. Ni el símbolo chino de "la verdad”, ni Winnie-the-Pooh levantando el logo de FSU con sus manitas afelpadas.
Que sea bella, pero no dañada, porque es lo “dañada” lo que atrae la mirada del espeluznante coach de soccer, no la belleza.
Cuando le ofrezcan cristal, que recuerde a los padres que le cortaron las uvas por la mitad y que prefiera siempre la cerveza.
Guíala y protégela,
Cuando cruce la calle, suba a los botes, nade en el océano, nade en las piscinas, camine cerca de las piscinas, esté parada en la plataforma del metro, cruzando la calle 86, bajándose de los botes, use los baños del centro comercial, cuando suba y baje de las escaleras eléctricas, mientras maneje por el campo y esté discutiendo, se recargue en grandes ventanales, camine en los estacionamientos, se suba a la rueda de la fortuna, montañas rusas o cualquier cosa llamada “Caída Infernal”, “La Torre de la Tortura” o “Espiral Mortal del Rock N’ Roll Gravedad Cero, presentando a Aerosmith”, y mientras esté parada sobre cualquier tipo de balcón, siempre, donde sea, a cualquier edad.
Aléjala de la actuación, pero no la mandes directo a Finanzas.
Algo en lo que pueda manejar sus propias horas, pero se sienta satisfecha intelectualmente y pueda salir de vez en cuando.
Y que no tenga que usar tacones altos.
¿Qué puede ser, Señor? ¿Arquitectura? ¿Partera? ¿Diseño de campos de golf? Te pregunto a Ti porque si yo supiera, lo haría. Malditasea.
Que pueda tocar los tambores al ritmo feroz de su propio corazón, con la fuerza vigorosa de sus propios brazos, para que no necesite caer con bateristas.
Concédele una mala racha de los 12 a los 17 años.
Déjala que dibuje caballos y que las Barbies le interesen por mucho tiempo.
Porque la niñez es corta — una flor tigre magenta floreciendo por un día
Y la adultez es larga. Y revolcarse en los autos puede esperar.
Oh, Señor, avería el Internet para siempre
Que se aleje de los chismes mal escritos de sus compañeros,
Y de la campaña de marketing de “Hostal de Violación V: Las Chicas Sólo Quieren Ser Apuñaladas”.
Y de que un día se voltee y me llame “perra” frente a Hollister,
Dame la fuerza, señor, para meterla directamente en un taxi frente a sus amigos,
Porque no toleraré esa mierda. No la toleraré.
Y si algún día elige ser mamá, sé mis ojos, Señor,
Que la pueda ver, sobre una cobija en el piso a las 4:50 am, exhausta, aburrida y enamorada de la pequeña criatura cuya popó está escurriendo por su espalda.
“Mi madre hizo esto por mí, alguna vez”, se dará cuenta mientras limpia las heces del cuello de su bebé.
“Mi madre hizo esto por mí”, y la gratitud tardía la bañará, como lo hace cada generación, y hará una nota mental para llamarme. Y la olvidará.
Pero yo lo sabré, porque lo he visto con tus ojos, Señor.
Amén.

domingo, 23 de marzo de 2014

Ojo con ellas.








Mi conclusión es esta: el lenguaje es acción. No hay nada menos pasivo que la palabra.