viernes, 11 de mayo de 2012

Amor, chicos, perros...mugre



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-¿Te acordás qué limpita que estaba la casa ayer? -Dijo ella.

-En esta casa la limpieza es un pretérito constante -sentenció él.



lunes, 7 de mayo de 2012

Un puto horror

Llegué a las 6 y 10 de la mañana, ponéle. Ya había once personas adelante mío. Genial. Esta vez entro, pensé. El día ni siquiera estaba despuntando y hacía frío, ese frío húmedo de la ciudad, a esa hora, en un día que hereda la indecisión climática -llueve, no llueve, que te recontra, por las dudas-, así que decidí entrar en calor por las mías y me calcé los auriculares y empecé a moverme al compás de la música. Saqué el libro de la cartera y agradecí el foco que iluminaba justo mis páginas; empecé a leer. Música y libro, qué más, yo no necesito demasiadas cosas para ser feliz.
A mi lado, el lado derecho, una pareja. El chico había bajado de un autazo; supongo que lo trajo el padre, se saludaron y el señor detrás del volante del autazo se perdió por Maipú hacia el sur. El chico, adormilado, me ganó el puesto 11 por un segundo. Tenía puestos esos pantalones que se usan ahora, esos que el tiro les queda abajo de las bolas, casi en las rodillas. No les quedan bien, no sé por qué insisten en vestirse así, parecen cagados. Cagados y tristes porque son esos pantalones como los comunes pero bien abajo...da triste. Y estaban sucios, además. Al toque llega la novia, emperifollada y maquillada, muy rubia y muy celestes los ojos. Malhumorada y posesiva. De a poco, los que teníamos más ganas de sentarnos que pruritos por el suelo sucio aposentamos el culo en la vereda. La parejita se sentó. Yo me senté. La chica a mi izquierda se sentó. El chico a mi derecha me envolvió en su olor a pantalón usado desde hace semanas y se tiró un pedo. Y yo me sentí George Constanza. La chica de mi izquierda seguro que lo olió, por dios, cómo no hacerlo si estábamos pegados. Y yo queriendo explicar que no había sido. Un puto horror. Finalmente, la cosa se disipa. Y yo me olvidé del asunto. A las ocho y monedas entramos al dichoso lugar para hacer el trámite que me ocupa, nos hacen sentar: la parejita, yo, la chica de mi izquierda. Se vuelve a tirar un pedo. De no creer. Odio las colas. A veces, odio a la gente. La mayor parte del tiempo la vida es un capítulo de Seinfeld. Hoy me hubiera gustado ser Elaine.