martes, 6 de septiembre de 2011

Té de Té

Hoy es uno de esos días en que encontrás conejitos en las tazas.
A partir de ahí, cualquier objeto, un peine, por ejemplo, es presagio de una inundación de maravillas.
Encontrar un conejito en tu taza del desayuno hace que te crezcan bigotes en los pies y una piel peludita te nace con ganas de ser acariciada. Como una primavera que explota en hierba y frío que se va, dejando un aire de colores y tu nariz oliendo eso que te lleva a tu infancia. Canela para mí.

Hoy, el cielo azul sin nubes y esa cosa diáfana que tiene la verdad de cada uno hace juego con las ganas. Entonces, inventás una carrera de vos contra vos y los dos ganan. O los dos pierden. O uno gana y otro pierde y se consuelan sentados en el cordón de esa vereda. Esa, la que estrenó tu mirada adolescente y rodó sobre tu primer sueño. -El primer sueño es importante -dice el conejito en tu oído y se distrae con una zanahoria que salió de tu cabeza. Y no te importa, al menos es una zanahoria y no el papafrita ese que hace media vida te quitó una ilusión.
Pero como hoy es un día de conejitos peludos, eso no importa. Te sentís con anhelos bien dispuestos. El dueño de Excalibur. Y salís al ruedo con una sonrisa que te atraviesa la cara y hoy tu cara es tu alma. Nada mejor que eso, alma y espadas mágicas. Nada de tonteras como racionalizar el tiempo, si el tiempo es sólo esto que te/me pasa, un abanico incierto de todas las posibilidades y la posibilidad de un acierto feliz. ¿Qué más?

Mucho más. Y sin echar nada de menos. Ni siquiera la galera. Hoy los conejitos habitan tazas como sueños. Sueños que saltan entre patas blandas y se mecen en orejas suaves. Y te hacen cosquillas de nariz húmeda justo en el centro de ahí, el lugar que te hacer ser quién sos.