viernes, 29 de octubre de 2010

Ahora sí

Me voy a guardar en un huequito, más allá de las destemplanzas, porque tengo cosas que hacer, proyectos que concretar y pendientes que cumplir.

Espero estar de vuelta cuanto antes y si puedo seguiré paseando por allí.


jueves, 28 de octubre de 2010

Un político sin herederos -Santiago Kovadloff-

La muerte suele obligarnos a tender un manto de piedad, a perder, por un momento la visión dicotómica de la vida y de las cosas, por un momento suspende el blanco y negro. A veces la muerte consigue un bonito sepia acorde a las circunstancias. El pasado es sepia.
Como decía ayer en el FB de Ginger, ante la frase de alguien:"se fue un líder político que pasará a la historia", se admitirán al menos dos interpretaciones de esa frase,  tienen razón, -le comenté- el cómo...distintas vertientes ideológicas dirán y fundamentarán su visión.  Lanata lo dijo así: "Néstor Kirchner ha muerto y el pasado, ahora, se convirtió en anécdota: la avidez que lo empujó al precipicio será avaricia o entrega generosa, según la historia y quien la escriba".

Y ahora, las palabras de Kovadloff, que no son obsecuentes con la muerte y son consecuentes con su honestidad moral e intelectual:

NO faltarán los insensatos que celebren su desaparición. Son ciegos y no sólo insensibles. No sólo impermeables al dolor personal; impermeables, además, a las graves consecuencias políticas que esta desaparición abrupta acarrea a la República. Porque con Néstor Kirchner no murió ante todo un ex presidente, sino el político más poderoso del país. Quiera Dios, por otra parte, inspirar a la presidenta de la Nación y a quienes suelen aconsejarla para que, en sus pronunciamientos venideros, no hagan de este episodio tan penoso una fuente de espurias rentabilidades políticas. La moderación que necesitamos desde hace mucho hoy es más indispensable que nunca.


No, la muerte de Néstor Kirchner no beneficia a nadie. Obviamente, no beneficia al oficialismo. Pero tampoco favorece a la oposición. Es, definitivamente, un acontecimiento desgraciado para la democracia argentina. La magnitud de las incertidumbres que genera no puede, todavía, ser debidamente inventariada. Pero es y será, sin duda, determinante. Y su incidencia puede resultar agravada por quienes no vacilen en hacer de lo sucedido un uso demagógico. Al igual que en el caso de Juan Perón cuando falleció Eva Duarte o en el de Isabel Martínez cuando murió Juan Perón y en el más reciente de Ricardo Alfonsín cuando falleció su padre, Cristina Fernández se verá investida con los atributos con que la justificada conmiseración pública y la idealización inevitable suelen coronar a quienes, por una u otra razón, se convierten en deudos eminentes de las grandes figuras desaparecidas. Eso es comprensible. Pero también lo es la inquietud de quienes temen que esa piadosa cercanía y esa solidaridad pasen a ser instrumentadas ideológicamente por quienes suelen valerse del dolor de la gente para afianzar su poder.


La muerte de Néstor Kirchner va a acelerar la fragmentación del Frente para la Victoria. Provocará, es predecible, tensiones y enfrentamientos entre sectores que se disputarán a brazo partido la condición de cabales representantes del ex presidente difunto. Pero lo cierto es que Néstor Kirchner no deja herederos. Su liderazgo siempre fue excluyente y no inclusivo. No faltarán, sin embargo, quienes se empecinen en presentar a Cristina Fernández como su legataria. Se equivocarán. La Presidenta fue su aliada. La única persona que estuvo situada en un pie cercano a la igualdad con él. Pero él no la preparó para recibir su herencia imaginaria, sino para preservar su capital político mientras él, en un cono de sombra más que tenue, seguía ejerciendo el poder.


Néstor Kirchner jamás renunció a su liderazgo. Como otras figuras de nuestra historia, fue un dirigente solitario. Defensor avaro y feroz de su protagonismo. El verticalismo fue su norma; la transversalidad, su máscara. Por detrás de la retórica del compañerismo ejerció siempre, rudamente, una implacable hegemonía personal.


Néstor Kirchner murió en su ley. Su muerte impacta, conmociona, pero no sorprende. Fue una muerte anunciada. Jamás retrocedió ante la adversidad ni ante sus adversarios, a los que concibió únicamente como enemigos. Tampoco el riesgo de la muerte lo arredró. Hacía ya mucho que desdeñaba las advertencias de su cuerpo enfermo. Ellas eran inaceptables para él. En todo, la desmesura fue su norma. Homero supo distinguir entre la osadía y el coraje. Muchos dirán que Néstor Kirchner fue un hombre de coraje. Tal vez. Como político, lo caracterizó mejor la osadía. Los límites ofendían su omnipotencia. Sobran los ejemplos desde el año en que asumió por primera vez la gobernación de Santa Cruz hasta el aciago día de ayer, empañado para todos los argentinos por su muerte.


Quienes no coincidimos con él hubiéramos preferido que lo derrotara la democracia y no la muerte. Pero acaso no resulte exagerado afirmar que él prefirió la muerte. El desenfreno, repito, fue su rasgo distintivo. Kirchner podría haber sido un personaje elocuente de cualquier tragedia griega. Y, como en una tragedia griega, su desaparición no resuelve el conflicto, sino que viene a complejizar aún más el significado de la trama que caracteriza la difícil situación argentina.


Se esté a favor o en contra de lo que hizo y significó Néstor Kirchner, su desaparición es una desgracia que nos afecta a todos. La fragilidad institucional de la Argentina recibe, con su muerte, un golpe más y uno de los más hondos desde el retorno del país a la vida constitucional. El vacío que deja es el que generan los caudillos cuando se van. Mientras gobiernan, aspiran a serlo todo. Cuando pierden el poder y, como en este caso, la vida, ya nadie los representa. © La Nacion 

lunes, 18 de octubre de 2010

Y esto es todo amigos

Siempre me gustaron las preguntas que Lipton le hace a los actores al final del encuentro en su programa Inside the Actors Studio.  Pero, ese cuestionario no lo inventó James Lipton. Ni siquiera Bernard Pivot, que lo popularizó en su programa Apostrophes.
Dice la historia que a finales del siglo XIX, Marcel Proust descubrió un cuestionario que los miembros ricos de la sociedad inglesa solían responder y cuyas respuestas revelaban sus gustos, sus aspiraciones, su manera de ser. Proust lo respondió no una sino varias veces.
Reducido, Bernard Pivot lo hizo suyo y Lipton lo tomó y las respuestas suelen ser maravillosas.

He aquí el cuestionario:


  • What is your favorite word?
  • What is your least favorite word?
  • What turns you on?
  • What turns you off?
  • What sound or noise do you love?
  • What sound or noise do you hate?
  • What is your favorite curse word?
  • What profession other than your own would you like to attempt?
  • What profession would you not like to do?
  • If Heaven exists, what would you like to hear God say when you arrive at the Pearly Gates?
Mi palabra favorita...Es difícil decirlo porque me gustan mucho las palabras, los sentidos que encierran, pero voy a tratar de elegir sólo una y es puente. Y quienes me leen saben por qué.

La palabra que menos me gusta es desamparo.

¿Qué me enciende? -Prefiero enciende a otras traducciones porque siento que involucra todas las instancias, mente, cuerpo, alma-. La alegría, las risas que te nacen del plexo, la vida sin excusas.

¿Qué me apaga? La solemnidad, la estupidez, la pedantería y la gente pretenciosa.

Qué sonido o ruido amo... Cualquiera que tenga que ver con el agua... Y el ruido que hacen las chispas jugando en aire cuando se desprenden de un buen fuego.

Un ruido que odio: las sirenas, nunca anuncian nada bueno.

Mi grosería favorita: andá a lavarte el orto, forro. O forra, depende. Me costó elegir porque soy muy mal hablada.

¿Qué haría si no hiciera lo que hago? (se refiere a la profesión), sería astrónoma. Cantante y actriz también son opciones.

¿Qué profesión no me gustaría ejercer? No podría ser contadora o abogada, ni maestra. La primera porque me resulta de una aridez indescriptible. La segunda porque admite demasiadas interpretaciones contradictorias. La tercera porque la respeto muchísimo, yo no sería una buena maestra, carezco de las virtudes necesarias.

Si el Cielo existiera, ¿qué me gustaría que me dijera Dios una vez que llegue a las puertas del Paraíso? No sé cómo lo conseguiste, pero bienvenida.


Y con esto me despido por un tiempo. Ando ocupada en otras cosas. Pero volveré, siempre vuelvo y siempre antes de lo previsto.


Me haría feliz que lo contestaran.









viernes, 15 de octubre de 2010

Nuevas madres en plaza de Mayo -Santiago Kovadloff-

Hace unos días, en una reunión entre amigos hablábamos justamente de esto, de la posibilidad de aplicar viejas categorías a nuevos hechos que en algún punto se juntan. Viejas por una cuestión de existencia temporal no porque no tengan vigencia. Y es, justamente, esa vigencia lo que permite hablar hoy de desaparecidos actuales y de nuevas Madres. Y cuando hablamos de desaparecidos no sólo nos referimos a Julio López, la persona que tiene el terrorífico título de ser el primer desaparecido en democracia, sino a los miles de indigentes y pobres que no existen porque los números del Indec hablan de otra realidad, una realidad en la que esas personas no tienen cabida porque "los diarios mienten".
Y estas Madres que reclaman por sus hijos muertos a manos de delincuentes, cada vez más feroces y violentos,  parece que no las asiste el derecho del reclamo, ¿y cómo vamos a reconocer un derecho cuando negamos una realidad? Parece que el dolor de estas madres es menos dolor. Y no estoy haciendo un juicio de valor hacia Madres -Línea Fundadora o la que conduce Hebe (aunque debo reconocer que Hebe me crispó siempre un poquito los nervios)- ni hacia Abuelas (más allá de la desilusión que me provoca que Carlotto se haya corrido de la línea que mantuvo simpre Abuelas), porque siento hacia ellas una gran respeto y comparto la búsqueda de la verdad y hago del Nunca más una consigna diaria. Pero también Nunca más de esta paparruchada, de esta tomadura de pelo, de este engaño permanente, de este progresismo falso, de este abusar de consignas por las que deberíamos tener un profundo respeto. Porque si así fuere, esta nota de Kovadloff no sería necesaria ni tendría sentido:

¿Persistirán? ¿Se convertirán a fuerza de hacerse ver allí en las nuevas Madres de Plaza de Mayo? ¿Sostendrán su encuentro de los jueves como aquellas que las precedieron? ¿Realizarán con indeclinable constancia su reclamo ante la Casa Rosada exigiendo justicia?


No les toca desafiar una dictadura, sino una escalofriante subestimación de la inseguridad por parte del Gobierno. Son, también, madres de desaparecidos. No los secuestró ni los exterminó el Estado totalitario, pero los sepultó en la intrascendencia un gobierno que se niega a reconocer la envergadura del crimen que les arrebató la vida.


Para hacer justicia es preciso empezar por admitir de qué hablan, con su extinción, esos hijos que aniquiló el delito. Es preciso reaccionar con responsabilidad reflexiva ante lo que esas vidas tronchadas nos dicen. El castigo de los culpables no tendrá lugar si el Gobierno no procede con verdad ante lo que pasa; si no ve en lo que hace con lo que pasa un recorte arbitrario de los derechos humanos. Una evidencia de la liviandad con que los concibe cuando la reivindicación de esos derechos no coincide con sus intereses.


La denuncia formulada por estas nuevas Madres no deja lugar a dudas. El Estado tolera la violencia y el crimen de sus hijos en la medida en que no combate a sus asesinos con resolución. Las madres de ayer exigían el retorno al Estado de derecho. Las de hoy reclaman su plena vigencia. Se rebelan contra una parcialidad que, al perpetuarse, hunde a la democracia en un simulacro. Se resisten esas madres a admitir que el Poder Ejecutivo no respalde su reclamo con la contundencia que cabe. Les repugna que se pretenda diagnosticar la proyección social cobrada por su padecimiento como una desmesura o, lo que es peor aún, como una tergiversación de los hechos.


El pasado 7 de octubre tuvo lugar en Buenos Aires una extraordinaria movilización (que ayer se repitió). Concentrada en la Plaza de Mayo, llegó a ser multitudinaria. La organizaron madres, padres, familiares y amigos de las víctimas de la inseguridad. A ella adhirieron otros padres y madres: los que temen, con razón, por la vida de sus hijos. Diez mil personas se congregaron allí. Sus miradas y sus pancartas se alzaron durante horas hacia la Casa Rosada. Nadie, desde sus balcones, contempló las ampliaciones fotográficas que reproducían los rostros y los nombres de incontables jóvenes asesinados. Nadie quiso ver, desde esos balcones, las imágenes de estos nuevos hijos que la violencia devoró.


Voces y carteles reclamaban que la ley pusiera fin a la impunidad de los que matan en las calles, de los que violan en las calles, de los que roban en las calles. Voces y carteles exigían que la seguridad fuera devuelta a la gente. El Gobierno, sin embargo, no parece darse por enterado. Al desestimar la trágica magnitud de lo que sucede, inscribe lo que ocurre en el escenario de lo irreal. Desdeña el alcance comunitario del dolor y, por extensión, el de la criminalidad. Sin pudor, se muestra insensible al país habitado por la gente que no coincide con su diagnóstico. Prefiere, por lo visto, darle la espalda al mal antes que admitir su existencia. ¿Habrá que subrayar que no es éste el primer conflicto del que reniega? Pero es, seguramente, el más grave. La inseguridad social ha pulverizado la confianza razonable en el transcurso del tiempo. ¿Volverán esta noche a su casa los hijos que de ella salieron durante el día? Quien ahora rebosa de vida y de proyectos, ¿estará entre nosotros dentro de unas horas? Estas preguntas no son naturales, pero se multiplican y cunden por todos los hogares de la Argentina.


Acabar con la violencia que nos mata los hijos equivale a devolver la palabra a la ley. Prevenir esa violencia significa cumplir con la ley sin necesidad de asentar en la represión el significado exclusivo de su valor y de su fuerza. Ya sabemos hasta qué punto el dolor y la desesperación que chocan con la evasiva oficial pueden convertir a una madre, privada de su hijo, en un estandarte de civismo, en una tea encendida de coraje y perseverancia en la reivindicación de la justicia y la memoria. Ha vuelto a suceder. Madres atormentadas por el asesinato de sus hijos convocaron, junto con sus esposos, familiares y amigos, a esa marcha que tanto significa. A esa manifestación de conciencia cívica y desesperación ante la apatía del poder. Ellas, esas madres que hoy se muestran dispuestas a sostener su agobiante comprensión de lo que sucede con un decidido protagonismo público, han posibilitado que la hondura del padecimiento personal se convirtiera, una vez más, en energía colectiva.


"Nos están matando a todos. Lo único que pido es seguridad." Ese fue el clamor que, estremecida por el llanto, hacía oír, como una letanía, la madre del asesinado Diego Rodríguez, una de las responsables de la marcha a Plaza de Mayo. No fueron distintos, en su vehemencia e intención, los demás mensajes que allí pudieron escucharse. Ya no era aquel emblemático "¡Que aparezcan con vida!". El propósito, ahora, era impedir que la muerte de esos hijos aniquilados por la violencia cayera en el olvido impuesto por el menosprecio; no permitir que la insensibilidad de los que mandan la convirtiera en una desgracia familiar sin relieve comunitario. "Queremos vivir. Queremos que nos cuiden y no que miren para otro lado", repetía Luján, novia de Diego Rodríguez.


¿Hasta dónde piensan llegar los poderosos, los investidos con la representación del pueblo? ¿Dónde están los que se ausentan cuando el dolor se hace presente y los reclama la voz de los necesitados? ¿O la tragedia impuesta a los padres que pierden a sus hijos a manos del crimen callejero no afecta a toda la sociedad? Juan Carlos Blumberg obró con acierto ese anochecer del 7 de octubre. Propuso al padre de Diego Rodríguez que, cada jueves, se repitiera la convocatoria contra la inseguridad en la Plaza de Mayo. Lecciones del pasado. Símbolos que se perpetúan. Dramática contigüidad entre aquellas madres de los años 70 del siglo pasado y estas de los años iniciales del siglo XXI. Unas y otras manifestaron, en dos etapas distintas de nuestra historia, la misma necesidad de verse amparadas por la ley. Unas exigieron la abolición del terrorismo de Estado. Las otras, el fin de la irresponsabilidad y el sectarismo del Estado.


En semejante contexto de atrocidades sucesivas, cabe preguntarse qué entiende el Gobierno por equidad y qué lecciones han extraído los opositores de sus desaciertos pasados; de esta tragedia que proyecta la sombra de la muerte sobre la cabeza de nuestros hijos.


La aplastante cifra de jóvenes acerca de cuyo exterminio nos anoticia, hora tras hora, el periodismo, forma parte de esas generaciones inmoladas, simultánea o sucesivamente, por el Proceso, la guerrilla, la Guerra de las Malvinas y el delito sin inscripción ideológica. Si se sumaran alguna vez las víctimas que por obra de la violencia armada perdieron la vida en la Argentina en los últimos cuarenta años, se ascendería a un número aterrador. A la hora de ponderar la decadencia argentina deberá tomarse en cuenta esta pavorosa propensión a lo tanático.


El Estado debe tener la decencia de empezar por reconocer lo que sucede y terminar por resolver lo que pasa. En los años tenebrosos del Proceso, el Gobierno decía desconocer el destino de las víctimas que él mismo generaba. Hoy subestima el número de los que aparecen muertos, malheridos o brutalmente violentados. En los años del Proceso, el Gobierno era el verdugo. Hoy, al renegar de la magnitud y la frecuencia alcanzada por la siembra de tanta muerte juvenil, se convierte en el cómplice tácito de la impunidad criminal.


Al igual que en otros momentos de nuestro pasado, la ciudadanía se verá forzada, en 2011, a optar, mucho más que entre partidos, entre políticas beligerantes y políticas pacificadoras; entre un proyecto de país en el que la seguridad se perfile como prioridad del Estado y otro que parece especular con los réditos que le reporte su fragilidad. La ciudadanía, seguramente, sabrá cómo proceder.


© LA NACION

AGUA - WATER - BLOG ACTION DAY-

En tu lista de cosas que se acaban tal vez podés mencionar:

  • la paciencia,
  • las ganas,
  • la pasión,
  • el amor,
  • la guita,
  • el deseo,
  • la ilusión,
  • el asombro,
  • los sueños,
  • la inocencia.
 Pero en tu lista seguro que no figura una que no es renovable:

EL AGUA

En una de esas, vos creés que podemos desatar peleas por codicia, por avaricia, por envidia, por celos, por rencor y por odio. 
Pero seguro que no pensás que tal vez, mucho antes de lo que creemos, se va a declarar una guerra por el control de uno de los recursos naturales no renovables, patrimonio de la humanidad y por ende, un derecho humano:

EL AGUA


jueves, 7 de octubre de 2010

Attenti

Cuando un gobierno es reemplazado por otro -en una alternancia verdaderamente democrática, porque la posibilidad de votar cada cuatro años no garantiza democracia, garantiza cambios de figuritas nada más- se llena apóstatas.

Apóstata, s. Sanguijuela que tras penetrar en el caparazón de una
tortuga y descubrir que hace mucho que está muerta, juzga oportuno
adherirse a una nueva tortuga. Ambrose Bierce - Diccionario del diablo

miércoles, 6 de octubre de 2010

En la mesita de luz y en otras partes también

Mi amor, definitivamente.
Haceme todos los "avada" que se te ocurran.
Hasta me conformo con ser tu hermana.
Siguiendo con el tema que nos ocupa -¿con quién nos ratoneamos?-, acerca de la belleza o de la fealdad -tema que introdujo la Chiru en su comentario- ( e insisto, la subjetividad atraviesa nuestras elecciones y nuestros parámetros, por lo tanto ¿quién decide acerca de bellezas y fealdades y de acuerdo a qué criterios?), sigo presentando mi galería de "bellos". Y aclaro que el orden de aparición no significa nada de nada.

No querés saber, te juro...

Hablame de Dios al oído.
¿A quien ama Johnny Depp?



Desde siempre, sabelo.



Y por supuesto, no podías faltar, acá estamos, como corresponde porque la vida, sabia ella, cruzó nuestros caminos:

lunes, 4 de octubre de 2010

Clonación

En el término de dos cuadras me encontré primero con éste y por poco cruzo la calle.




Gracias a Dios no lo hice porque atrás venía él. Casi me le tiro encima, no me importaba nada de nada...lo salvó que en el último momento me di cuenta que era mucho más petiso. No hay derecho.

domingo, 3 de octubre de 2010

Mala mina


Plaza Vicente López, a las cuatro y media de la tarde, ponéle.
Ella, él y la niña.

La niña había conseguido compañeras para el sube y baja y allí estaba de lo más feliz.

Ella y él se iban corriendo a medida que el sol iba dando la vuelta. Y charlaban con los ojos entrecerrados y siempre en dirección a la niña.

En eso ella ve a otra niña -casi tan alta como ancha-, encaramada a uno de esos juegos de trepar. Haciendo poses y con cara de orto. Él también la ve.

Ella: Mirá al pelotudo del padre haciéndola posar para la foto.

ÉL: seeeee -nada le interesaba menos que lo que hacían esos dos. Y convengamos que a ella  tampoco pero mirar a su niña en el sube y baja era una actividad carente de toda adrenalina. Salvo cuando una chica tuvo que rescatar a un bb de un año, más o menos, de la zona de peligro (entre la goma y la madera que se acercaba peligrosamente a su cabeza), hecho que le hizo soltar un sonoro suspiro de alivio.

Ella: ¿no se da cuenta de la cara de orto que tiene la nena?

Él: no, creerá que ya está en edad de ir a lo de Tinelli...

Ella: te digo lo que está pensando la nena "¿con este culo querés que haga de top model, boludo? dejame bajar para ir a jugar".

Él: mala mina.

Y sip, mala mina.