
La muerte sacude. No por inesperada. O cruel. O injusta. O al menos, no solamente. Sino porque nos conmueve ahí en el fundamento. Nos sacude porque expone nuestra fragilidad. Porque su inexorabilidad deja al descubierto el proyecto inconcluso, eso que quisimos pero que jamás nos animamos a hacer.
Porque la muerte de nuestros mayores, dolorosa, fatal, inenarrable, que nos deja huérfanos, es lo que debe ser, la ley inevitable de la vida: nuestros padres mueren antes que nosotros (un padre no debería sobrevivir a un hijo, es antinatural).
Pero cuando se lleva a un par, además de llevarse, también, una parte de nuestra experiencia, de nuestro horizonte, de nuestra referencia generacional, desnuda nuestra vulnerabilidad: no somos invencibles.
Sin embargo, vida y muerte van inextricablemente juntas, dándose sentido mutuamente. Inexorables ambas, las diferencia la conciencia que de ellas tenemos. Mientras la muerte es una gran pregunta sin respuesta conocida, la vida es algo que explota en nosotros y a nuestro alrededor. A mayor grado de conciencia, mayores posibilidades de desplegar nuestro potencial.
La vida no tiene borrador, esta es nuestra única oportunidad. Dicho así, impresiona. Pero entenderlo así, es la única manera de vivir sin victimizarse ni culpabilizar al otro de nuestras circunstancias. Eso, es vivir lo más plenamente posible.
La vida es un sendero con cartel de llegada. Al final, nos espera la muerte. Pero mientras tanto, está el camino, las encrucijadas, las decisiones, los que nos acompañan, nuestras renuncias, nuestras victorias, nuestro deseo, nuestro amor, lo que nos funda, lo que nos sostiene.
La vida es esta, una sola. Vivamos sin excusas y con la única libertad posible, la de hacernos cargo de nosotros mismos siendo quienes somos.



