viernes, 25 de septiembre de 2009

Sakura - Las flores del cerezo-



Sakura es la flor del cerezo. Y su florecimiento se festeja con una celebración llamada Hanami. En esa fiesta las familias, los amigos se reúnen para observar la belleza de las flores y hacen pic-nics bajo su sombra blanca y rosada.

La flor del cerezo simboliza la fugacidad, su bellos capullos se abren de un día para otro y su fragilidad es tal que nada garantiza que permanezcan el tiempo suficiente como para que puedas darte el lujo de decir "mañana voy". El viento o una repentina lluvia pueden llevarse a estas delicadas sakuras y aunque la lluvia de pétalos sea, también, un espectáculo digno de verse, dicen que no es lo mismo.

¿Tengo que aclarar que fui a ver Las flores del cerezo?

Bella. De una belleza extraña, de una intimidad que te hace mirar hacia adentro y preguntarte ¿quién soy? ¿soy feliz? y cosas por el estilo. No son preguntas agradables cuando no tenés respuestas rápidas... o ganas de enfrentar la respuesta. Hacia el final de la película, le pregunto a mi amiga Eliana ¿en qué momento los hijos que criamos se convierten en hienas?

"No se puede hacer nada por los muertos", dice Rudi. Y eso te pone, necesariamente, a pensar en los vivos, en este instante, en tus acciones, en tus decisiones. Entonces, sucede, que de golpe, el relato te sumerge en una escena que me hace sentir que fugacidad es otro nombre de lo eterno. Y la sensación es infinita y me atravesó como una flecha la necesidad de saberte ahí, acá, conmigo, en mí y yo en vos, círculos en el agua que forma la gota de lluvia y ondula la superficie líquida en una sucesión sin fin.

Él no sabía dónde estaba y salió buscarla y buscándola a ella se encontró a sí mismo y al hacerlo la halló.

Podría contarles mil cosas más, pero les recomiendo que vayan a verla y saquen sus propias conclusiones.



*La foto la saqué de acá

lunes, 21 de septiembre de 2009

Estación

Ver ahora más allá de lo que guarda la memoria, buscarlo allí, en la superficie, donde no pensás que puede estar. Y sin embargo, revolotea frente a tus ojos en un fulgor de alas de mariposa.

Lindos. Esos recuerdos son lindos casi siempre. Aunque a veces vienen con un motociclista que se clava abajo de un camión ahí donde Libertador le sirve de límite a ese pedazo de parque que elegimos para festejar la primavera y que éramos jóvenes -y mirá qué jovenes éramos que no sabíamos que estábamos festejando la juventud-.
No estaba muerto -todavía-, pero el charco de sangre se extendía sin parar y yo estaba ahí, con los ojos clavados en la sangre que avanzaba hasta mí, ya casi tocándome la punta de las zapatillas blancas. Él tenía los ojos cerrados y estaba en una posición imposible. Ese día decidí dejar de estudiar medicina.

Pero volvamos a las mariposas y su destino de salvaguardas de las flores. Porque es impensable no juntar primavera::flores::mariposas. Viene todo junto en el paquete. Eso y los besos entregados con las mejillas rojas y un frotarse sintiendo cosquillas en todas partes. Eso y una urgencia que a fuerza de sentirla siempre que te toca, te lleva a a aventurarte en regiones de piel desconocida y plantar bandera. Y hacerte preguntas. Y no encontrar nunca respuestas. La primavera tiene esa cosa de responderte cosas que no preguntaste. Y así te encontrás con la boca hinchada de besos y pasto en el pelo y llena de arreboles. Eso te dice la primavera. Te lo dice con cosas que no esperás, con un estreno de sensaciones lúdicas y el cuerpo que de golpe te queda chico porque está tan lleno de ardores que empujan para salir.

Mirá la de respuestas que no esperabas, vos, que ibas con tus amigos, los sanguchitos y el winco al Rosedal. Vos que esperabas primaveras de flores y mariposas y te encontrabas con besos y muertitos y decisiones que no sabías que ibas a tomar.


jueves, 17 de septiembre de 2009

Historia de dos cerebros



En You Tube hay quien se enojó diciendo que trataban de idiotas a ambos géneros. Para mí esta clase de chistes se hacen sobre los clichés de cada género, sobre las generalizaciones, las cosabidas frases que empieza con "todos los..." o "todas las...".

Yo me cagué de risa. En algún punto me reconocí y te reconocí y así vamos.

sábado, 12 de septiembre de 2009

De burbujas y cornisas


Cuando era chica hacía burbujas con un aro rojo en la terraza de mi casa. Recuerdo que me gustaba imaginar que yo podía meterme adentro de esa burbuja multicolor y viscosa y salir flotando en el aire.
Hoy me pregunto qué hubiera sido de mí si lo hubiera podido hacer: sabido es que las burbujas tienen una lamentable tendencia a hacer ¡plop!

Pero se ve que ese tipo de cosas no me amilanaban porque yo también tenía una lamentable tendencia: siempre me gustó caminar por las cornisas. Los bordes tienen una cosa de lo más atrayente para mí. Sobre todo si están a varios metros del suelo. Sí, hacía eso, caminaba por los techos, cruzaba por una especie de cordón finito que me llevaba a la casa a la derecha de la mía y así iba, de techo en techo, rompiendo tejas cada vez que me resbalaba y tenía que hacer fuerza para recuperar el equilibrio. Lo máximo que podía recorrer por arriba eran tres casas a la derecha y dos a la izquierda.

Mis padres sabían y se hacían cruces, pero cada vez que madre se olvidaba las llaves de casa adentro de casa me hacía pasar a mí (o a mi hermana) por la reja que circundaba el garage. Eran esas rejas llamadas artísticas, de formas estrambóticas, por lo cual yo podía pasar (y lo hice hasta que tuve llave de mi casa, 17, ponéle) y una vez adentro trepaba por las rejas de una ventana, llegaba al dichoso cordoncito, que en realidad, ahora que lo pienso, era un techito angosto y de ahí al techo, del techo a la terraza, de la terraza a la escalera, de la escalera al patio, del patio a la puerta de la cocina y de ahí a la llave que abría la puerta de entrada principal. Todo esto mientras escuchaba el rosario de exclamaciones de mi abuela.

También podía ser que yo supiera que todas las puertas estaban cerradas con llave y nadie en my sweet home, entonces le pedía permiso a la vecina para entrar a su casa, trepar hasta la medianera y recorrer, por esos estrechos 15 centímetros de cornisa, el camino que me llevaba al dichoso techito que mencioné más arriba con el objetivo de sentarme en los escalones de la escalera o en la terraza o caminar por los techos hasta que llegara alguien y me abriera la puerta, pero del lado de adentro.

Debe ser por eso que nunca pierdo las llaves.

Tampoco perdí mi fascinación por los bordes. Debe ser por eso que me gusta balancearme con los brazos extendidos y mirar al cielo con los ojos bien abiertos, buscando una armonía que me permita anidar orillas sin temor a caerme.

viernes, 11 de septiembre de 2009

El ascenso y el descenso -por Santiago Kovadloff-

Es más largo pero todos lo conocen, así que escribo sólo la última parte de un poema atribuido a Berltolt Brecht, pero que le pertenece a Martin Niemöller:

Ahora me llevan a mí pero ya es tarde.

El año pasado yo decía que me habían colgado el cartel de enemiga, hoy somos cada vez los enemigos de este señor que está dominado por el afán de demostrar que quien detenta el poder es él y sólo él. Bien, dejemos al mesiánico autoritario hacer su aventura y en el proceso tratemos de resguardarnos lo mejor que podamos. Los que no lo van a lograr son aquellos a los que dice defender, que, cada vez, en mayor número pueblan las calles de la ciudad arrojados al más absoluto desamparo porque son números que no existen en los porcentajes oficiales que miden los índices de pobreza y de indigencia. Hipócrita.
Aún así, espero que se queden hasta el final del mandato. Aunque tengamos que escuchar una y otra vez cómo abusan de la cadena nacional para comunicar la irracionalidad, a esta altura, irracionalidad a secas, porque el nivel de contradicción es exponencial y ya no sólo es entre el decir y el hacer sino que contamina todas las áreas de ejercicio de esta gente. Y por supuesto, hay quien lo dice mejor que yo:


Pocas veces en la historia del país, la disconformidad de una mayoría con el gobierno de turno coincidió con una convicción tan generalizada de que el orden constitucional no debe verse quebrantado. Se trata de una lección aprendida. Tal vez la única que todo el arco opositor comparte con una administración cuyo desempeño es perjudicial para la Nación.

Hace poco menos de una década, la indignación de una comunidad que se sintió estafada por su dirigencia exigió a sus representantes que abandonaran la función pública. Hoy ya no es así. Es indiscutible que la calidad de esa dirigencia, considerada como un todo, aún deja mucho que desear. Pero la gente ya no le pide que desaparezca sino que se renueve y aprenda a desempeñarse como es debido. Ya nadie quiere nada fuera del orden constitucional vigente. Ya nadie cree que sin partidos políticos sea posible construir una democracia. Y si, con ellos, tal como son y proceden todavía, avanzar resulta difícil, sin ellos se hace imposible. La mayoría parece haber comprendido que la mejor manera de defender sus intereses cívicos y hacer oír sus reivindicaciones sectoriales -la única, en verdad- es fortaleciendo el sistema en que vivimos. Es así como en la Argentina encontramos dos culturas divergentes y antitéticas. Una que se ha aleccionado en sus fracasos; que ha hecho suyas las enseñanzas aportadas por la conciencia autocrítica. Esa cultura se expresa en la convicción de quienes creen que debe mejorarse la calidad de la acción parlamentaria, promover un centro políticamente abierto, tanto a la derecha como a la izquierda, desalentar el esquematismo ideológico, concebir el disenso como condición de posibilidad de acuerdos perdurables en los órdenes fundamentales. La otra cultura la encarnan quienes quieren frenar la búsqueda de mayor fortaleza democrática. Sus promotores luchan por imponer liderazgos excluyentes, vulnerar las instituciones con su instrumentación autoritaria, utilizar la pobreza para asegurarse un electorado cautivo.

Aun con todos sus vaivenes, la primera es una cultura en ascenso (la expresión pertenece a Alan Clutterbuck). La segunda, ateniéndonos siempre a la predilección popular, es una cultura en repliegue, descendente. Y está en repliegue por el creciente desapego de la ciudadanía a la intolerancia, al menoscabo de la libertad de expresión, a la crispación discursiva engolfada en consignas estentóreas y vacías de pensamiento; por la desesperación que genera la falta de trabajo. Autocrática y conservadora, aunque enmascarada en los enunciados de un presunto progresismo, la cultura descendente instrumenta la ley para hacer prosperar sus negociados.

La cultura en ascenso, en cambio, va aprendiendo a prescindir de los maniqueísmos. Se hartó de la vocinglería mistificadora que impugna la complejidad de los hechos y destruye la producción. Del envilecimiento del Estado, del partido único, de la hipocresía, de la concentración del poder en manos de un iluminado.

La cultura ascendente está abierta al mundo. A la innovación que es aliada del porvenir y no al pasado que es cómplice de la repetición. La cultura en ascenso sabe que puede haber un país alternativo al que extrae sus beneficios de la siembra de hostilidad. Y lo quiere ver crecer. De su parte está el cansancio aportado por tantos desatinos y frustraciones. Un capital que la cultura en descenso, ciega a su propia mediocridad, se empecina en desconocer.

Para La Nación, por Santiago Kovadloff







sábado, 5 de septiembre de 2009

Mami, qué querés...


La noche tiene esa cosa de reflejos que te abordan en cualquier esquina.
En lo que dura un parpadeo cambia tu percepción. Como si se hubiera abierto una puerta que te deja en esta foto y vos mirás y pensás: enloquecí, o no.
Las perspectivas que se abren son asombrosas, podés vagar en el borde del delirio, asumir la vida como alucinación -un silogismo falso, ponéle- o porfiar sentidos estrictos, definiciones cerradas, significados acotados que dejen bien clarito que una silla es silla y no otra cosa.
Podés elegir vivir montado en un carrousel o en la rueda de la fortuna -rogando que se detenga bien arriba y te quedás ahí, balanceándote, tan cerca de esa luna-. Podés elegir viajar de luz en luz con los ojos cerrados y abrirlos cuando se pone oscuro y dejarte recorrer por el Vacío. Buscando la Nada algunos encuentran Todo.
Y están los que encuentran todo el tiempo otra cosa, nunca lo que buscan. Entonces te preguntás ¿no sería hora de que acepten eso que se encuentran y se dejen de joder? Vos podés decir: pero eso es resignarse. Y otro más puede acotar: si encontrás siempre otra cosa o encaraste mal la búsqueda o realmente querés encontrar siempre otra cosa para poder quejarte y echarle la culpa a los demás de lo que te pasa. Y puede venir Pepe y alegar: para encontrar lo que quiero tengo que buscar lo que no quiero. Las alternativas son infinitas y se despliegan en espiral. Y parece que estás en el mismo punto, pero no. Maravillosa dialéctica, dicen unos. Me cago en la antítesis, dicen otros.

Mi hija lo acaba de decir así:

-Mami, que querés ¿rombo o cuadrado?

No sabe que me dio dos puntos de vista con una sola cosa.