
Sakura es la flor del cerezo. Y su florecimiento se festeja con una celebración llamada Hanami. En esa fiesta las familias, los amigos se reúnen para observar la belleza de las flores y hacen pic-nics bajo su sombra blanca y rosada.
La flor del cerezo simboliza la fugacidad, su bellos capullos se abren de un día para otro y su fragilidad es tal que nada garantiza que permanezcan el tiempo suficiente como para que puedas darte el lujo de decir "mañana voy". El viento o una repentina lluvia pueden llevarse a estas delicadas sakuras y aunque la lluvia de pétalos sea, también, un espectáculo digno de verse, dicen que no es lo mismo.
¿Tengo que aclarar que fui a ver Las flores del cerezo?
Bella. De una belleza extraña, de una intimidad que te hace mirar hacia adentro y preguntarte ¿quién soy? ¿soy feliz? y cosas por el estilo. No son preguntas agradables cuando no tenés respuestas rápidas... o ganas de enfrentar la respuesta. Hacia el final de la película, le pregunto a mi amiga Eliana ¿en qué momento los hijos que criamos se convierten en hienas?
"No se puede hacer nada por los muertos", dice Rudi. Y eso te pone, necesariamente, a pensar en los vivos, en este instante, en tus acciones, en tus decisiones. Entonces, sucede, que de golpe, el relato te sumerge en una escena que me hace sentir que fugacidad es otro nombre de lo eterno. Y la sensación es infinita y me atravesó como una flecha la necesidad de saberte ahí, acá, conmigo, en mí y yo en vos, círculos en el agua que forma la gota de lluvia y ondula la superficie líquida en una sucesión sin fin.
Él no sabía dónde estaba y salió buscarla y buscándola a ella se encontró a sí mismo y al hacerlo la halló.
Podría contarles mil cosas más, pero les recomiendo que vayan a verla y saquen sus propias conclusiones.
*La foto la saqué de acá

