martes, 29 de agosto de 2006

Sueños

Anoche soñé con un patio de casa antigua. Esos patios que estaban a la entrada de la casa, diseñados con formas geométricas en el suelo de cemento coloreado, canteros de bordes enanos que dibujaban un laberinto de flores y plantas aromáticas.
Así era el patio delantero de la casa de mis abuelos paternos. En el fondo había eso, un fondo enorme con una higuera y teros que distraían todo el tiempo con su canto.
De esa casa me acuerdo la sonrisa de mi abuelo, sus pantalones de franela gris, siempre me acuerdo de ese detalle, la franela suavecita y la voz cascada de mi abuelo mientras me contaba el cuento de la buena pipa y yo sentada en sus rodillas mirando un mundo más allá de todas las palabras.
De esa casa me duele su ausencia, porque se fue antes de poder enseñarme el final de tantas canciones, porque se fue sin saber que había aprendido a abrir el broche de colgar la ropa, porque la única explicación de su desaparición fue hacerme mirar el cielo y señalarme una estrella tan hermosa, pero tan fría y lejana.
A esos recuerdos me lleva el cedrón. Aromada en esa fragancia vuelvo a esa parte de mi infancia que fue a la vez feliz y desventurada.
Siempre que huelo cedrón tengo tres años y estiro las manitos para tocarte. Y no estás.

sábado, 26 de agosto de 2006

La vida por ahí

Este es el nombre de un blog que tengo abandonado en wordpress y que pretendía hablar de lo cotidiano, de lo que veo y siento. Pero el título cobra dimensión acá en este espacio que llamé Amor profano.
La vida por ahí es esto, no sólo lo que pasa afuera de esta matrix sino lo que sucede dentro de ella.
La vida por ahí es la historia de
Carla y Jaime, contada por Caracol; la fuerza de Chirusa; la cosa risueña y pícara de Deapoco; la intensidad de Duda Desnuda; la dulzura de Ceci; el tiempo que transcurre sin prisa en la Cantina de Zorgin y las vidas que allí se cruzan; la valentía de Barbarita y su prosa vibrante y por momentos hilarante; la síntesis exacta de Microcosmos; la sencilla belleza de la Turca; la genialidad sarcástica de Bestiaria; la inefable Malizia; los cuentos del Entintado y tantos otros que leo y si sigo esto se hace muy largo.
Todos ellos son la vida aquí y ahora, se han convertido en cotidianos, en algo que espero con ganas porque siempre es nuevo, la única rutina es recorrer los blogs cada día y si un día no puedo, extraño. Todos ellos (ustedes) son un link permanente a sueños, a preguntas, a respuestas, a viajes inesperados. Todos ellos (ustedes) me asombran. Me mecen. Me acunan. Me animan. Paro acá antes de convertirme en una oveja balando sin parar.
Tenía ganas de decirles gracias.

jueves, 24 de agosto de 2006

Barbarita

Hay gente que me impresiona.
Su blog es como ella, admirable, encantador, fresco, divertido, irónico, leve y profundo, inspirador. Y la admiro porque es lo que yo nunca podría en similares circunstancias.
Hoy conocí a Barbarita, la Chica Murciélago.
Hoy me vinieron a la memoria estas palabras:
Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles. Bertolt Brecht

martes, 22 de agosto de 2006

Nunca supe tu nombre

Le decían “la Gardelita”, por cierto aire arrabalero en los gestos y esa tendencia a arrastrar las palabras y porque le gustaba Gardel, por supuesto. Nadie sabe de dónde vino, un día apareció en la esquina y ahí se quedó. Por las noches alzaba vuelo sin más, nadie sabía hacia dónde.
Escuchaba con atención cada historia que se contaba, miraba fijo la boca y cada tanto a los ojos, como si quisiera aprenderse de memoria las palabras. A veces interrumpía el relato para preguntar cosas tales como “¿cómo se reía?”, “¿y las manos?”; “y la mirada, ¿le llegaba la expresión a la mirada?”. Ella decía que esas cosas eran importantes, que si no se sabe eso no se conoce a nadie realmente. Los fulanos de la esquina la miraban como si estuviese loca, a veces le respondían, casi siempre cualquier cosa. A la Gardelita no parecía importarle que se rieran un poco de ella, que pensaran que estaba loca. Pero estos cuentos me vinieron después, cuando ya ella se había marchado para siempre.
Por mi parte, debo decir que la conocí por casualidad. La encontré susurrando palabras dulces a una paloma herida en la plaza Barrientos. Me quedé quieta mirándola y ella a mí, mientras seguía acariciando a la paloma. “¿Te llevás bien con los animales vos?”, me preguntó con esa cadencia tan particular de su voz. “Generalmente”, respondí. Hubo un silencio largo, que duró lo que duró el examen que hizo de mi persona. Parece que aprobé porque me dejó a cargo de la paloma en tanto ella iba a buscar agua.
Volvió con agua en un vasito de Mc Donalds y con café para mí, “tenés cara de frío”, me dijo. No aceptó el dinero que le quise dar y me dijo que no insistiera porque sino iba a pensar que “me equivoqué con vos”. Lo dejé ahí, para que insistir. Además, era verdad, tenía frío y el café me vino bien. Desde ese día, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, nos encontrábamos tres veces por semana en el banco de la paloma. Yo llevaba algo para almorzar y ella me esperaba con dos vasitos de café. Estaba muy claro para mí que ella era la maestra y yo el aprendiz, así que me disponía a escuchar concienzudamente lo que la Gardelita tuviera para contarme en el rato que tenía antes de volver al trabajo.
De ella no decía casi nunca nada, pero yo fui juntando retazos y pude ir armando el tapiz. Me enteré que nació por la década del ’50, que tuvo una muy buena educación – eso se notaba en la elección de las palabras, en las maneras, en la capacidad de análisis y observación que aplicaba constantemente sobre todo y todos- , que hablaba varios idiomas, que iba a la biblioteca, que se había enamorado una vez, que había perdido un hijo. Nada de todo esto lo dijo directamente, sólo alusiones, relatos fragmentados, deshilvanados, incoherentes por momentos. Eso y la suerte de encontrarla un día leyendo un gastadísimo ejemplar de Jacques Prévert, en francés, por supuesto. O el día que la escuché hablar de Gramsci con un estudiante de economía. Supuse entonces, que los años de plomo tuvieron algo que ver en la constitución de esta vida errante y solitaria.
Había ternura en su manera dura y despojada.
Le decían la Gardelita, para mí fue y será siempre “la Sueñera”.

jueves, 17 de agosto de 2006

Soledad

Un pétalo. Sólo uno. Gritando -rojo sangre- su exilio desde la vereda gris.

(temblando, en una esquina de Montevideo y Alvear)

miércoles, 16 de agosto de 2006

De besos

La mirada previa al beso, cargada de expectativa y sensualidad, me desarma, me sacude y me invita.
No es un beso cualquiera sino ése, el que estrena toda tu emoción, el que te hace temblar de anticipación; el que hace latir tan fuerte a los corazones que ambos escuchan esos latidos desbocados y se acercan aún más. Y ni siquiera apoyaron los labios, tan sólo se acercan mientras se miran fijo la boca, mientras la respiración se agita entrecortada, mientras las manos comienzan a buscar ese cuerpo todavía ajeno. Suben la mirada, apenas, un breve intercambio de reconocimiento. Un relámpago de deseo primitivo y finalmente las bocas se encuentran, se exploran, se unen, se entrelazan.
Nadie mejor que Julio para explicarlo y lo dijo así:

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me mirás, de cerca me mirás, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua. (Capítulo 7, Rayuela, Julio Cortázar)

Quiero esos besos para mí y para vos, siempre.

...

Pocas personas tocan tu vida y no la modifican de alguna manera.

lunes, 14 de agosto de 2006

Suerte?

Hoy me levanté bien de pelo. Bien de cara. Bien de mirada. Bien de humor. Bien de sonrisa. Bien de espalda. Bien de bien.
Creo que me levanté bien de alma.

viernes, 11 de agosto de 2006

Revelación, revelación!!!!

Haciendo tiempo en una librería, tomo un libro al azar y leo: "Si no sabes ver el lado luminoso de la vida, saca brillo del lado empañado".
Lo parió. Ahora no se si formatear el disco o comprarme una franela.

(ayer de camino a la psi)

jueves, 10 de agosto de 2006

lunes, 7 de agosto de 2006

Confesiones en una tarde de lluvia

¿Cuándo empezamos a pensar en nuestra vida como hojas de calendario que sacamos día a día? Tengo tres respuestas: a) después de los treinta y cinco, b) cuando atravesamos una crisis y c) ambas opciones a la vez.
Estas opciones se despliegan a su vez en infinitas derivaciones que ni el analista más avispado va a ser capaz de encuadrar en ningún enfoque clínico. Ni hablar de resolver la neurosis. Así es que comenzamos a andar por nuestra vida, siendo concientes del día a día, aterrorizadas por el paso del tiempo, sin analista que nos banque, sin hombre que nos sostenga, sin familia que nos escuche sin prejuicios. Solas. Y lo que es peor, solas con nosotras mismas.
Sospechamos que la ruina nos acecha a cada paso. No estamos a salvo ni en el santuario más sagrado que la civilización supo inventar: el baño. Allí menos que en ningún lugar, porque allí está el espejo. Grande o pequeño nos espera con su capacidad de observación milimétrica y su total ausencia de piedad. No hay modo de ocultarse ante el espejo. El nos vigila, no nos da respiro, nos muestra las cosas como son y no como las queremos ver. Si lo pensamos bien, el espejo es un gran amigo. Pero al principio de la crisis no nos sirve de nada, porque estamos abismadas en el pozo de la autocompasión y no necesitamos la verdad en ese momento. Lo que queremos, lo que necesitamos, lo que pedimos a gritos es una mentira descomunal que nos consuele, que nos diga que somos perfectas, que la culpa es de otro – siempre de otro -, que nos quedemos en el molde, que hagamos como que no pasa nada y esperemos a que el temporal termine. Y lloramos sentadas en el inodoro y las que tienen alma de narciso se miran llorar, para ver qué tal están mientras sufren. Sin embargo el espejo puede no ser el único peligro que nos espere en ese sacrosanto recinto. Hay quienes, en el colmo de la flagelación, tienen una balanza. Ni hablar. Y no se resisten. Van y se suben y confirman lo que les dice el espejo. Sadomasoquismo autoinfligido. El espejo no lo podemos sacar porque, generalmente, vivimos con alguien que se afeita todas las mañanas y una caterva de adolescentes que se aprietan granos. Pero la balanza…Para no sumar humillación a la tortura, saqué de inmediato ese artículo nefasto que sólo sirve para acentuar la paranoia.
Con el tiempo, el baño , y lo que hay dentro de él, se convierte en un aliado. Es algo así como el capullo que envuelve a la oruga que luego se convierte en mariposa. Es el lugar donde va a ocurrir nuestra metamorfosis. Con todo, el camino a la metamorfosis es largo y está plagado de obstáculos.

Yo, que soy una mujer precoz, tuve mi primera crisis a los treinta. No tanto por la edad; a decir verdad, jamás me entró el pánico por los años que cumplo sino por lo que hice, y sobre todo, lo que no hice a medida que iba creciendo. Es la famosa lista de asignaturas pendientes. De las tres famosas hice todas: publiqué con otra gente un libro de poesías, planté un árbol y a los cuarenta tuve una hija. Cualquiera diría que me realicé como persona, o casi. Tengo un marido maravilloso, una hija divina, una buena dosis de imaginación y creatividad, soy básicamente una buena mina, etc., etc., etc. Y tengo un largo repertorio de errores, algunos de los cuales sumé al registro de experiencias que al final resultaron siendo positivas, y otros cuyas consecuencias vivo todavía. Casualmente, éstos, los que nos hacen llorar en el baño, son los que, aunque intentamos, no le podemos atribuir a los otros. Y son los que hacen de mi vida una crisis recurrente.

Me decidí a escribir este diario virtual para aprender a reírme de mí misma. Para echarle una mirada a mi futuro y no espantarme. Para ver si, de una buena vez, me dedico a quererme y aceptarme, con mis quilos (que fluctúan siempre, por Dios!), con mis inseguridades, con mis canas, con esas pequeñas arrugas que empiezan a verse cuando me río, con mis incapacidades; sin que me importen los juicios ni prejuicios. Quién te dice, tal vez ese sea el primer paso a la metamorfosis. Quizás, un día me levante y el espejo me diga “estás más linda” y yo le crea.

Post Scriptum: hoy el espejo confirmó lo que me comento mi marido al pasar, "che, no sabía que vivía con un mapache despeinado". Ella tenía el rimmel corrido, bien corrido y el pelo con vida propia.

viernes, 4 de agosto de 2006

Saliendo del letargo

La estupidez me supera. La grosería me supera. La TV nativa me supera. El doctor de mi compu me supera. La tecnología me supera. Que te hagan perder lastimosamente el tiempo me supera. Que nadie pida disculpas nunca me supera. Que nadie diga por favor, permiso y gracias me supera. Grrrrrrrrrrrrrrrrrr...
Pero el frío me encanta. La posibilidad de llegar a casa y que te golpee el aire tibio, la sonrisa calentita de la niña, el saludo del chief (que ahora está roncando) que me envuelve tiernamente. Y la acogedora presencia de la gente de uno. Esa que uno elige porque te hace bien, porque suman y cuando no pueden ayudar simplemente acompañan.
Este invierno me gusta especialmente porque vino escoltado con mucha gente linda, muy virtual todavía (es parte del encanto), y de buena leche.
Así que les digo gracias a todos porque han podido equilibrar la balanza. Y en estos tiempos, no es poca cosa.